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Salpicón de Temas

Tengo un nuevo proyecto

Un proyecto informático supone una inversión que en muchos casos no se puede rentabilizar y en otros muchos no es necesario rentabilizarla. Todos hemos visto o nos han contado proyectos cuyo contenido real es cuando menos no identificable, también hemos visto proyectos que se han llevado a cabo solo para salvaguardar presupuestos futuros, o incluso con el oscuro fin de obtener una subvención.

Cuando un usuario (sin ánimo de ser peyorativo, se le podría llamar cliente) nos pide un proyecto siempre nos lanzamos a él esperando que sea esta la primera vez que no se cumplan las dos “eñes”: voy a hacer ñapas, voy a añorar mi anterior proyecto.

No solemos tardar mucho en darnos cuenta que este proyecto nuevo no va a ser distinto al resto, una o dos horas de reunión con el usuario nos muestran la más cruda realidad, no sabe lo que quiere, sabe lo que quiere pero no es posible hacerlo para la fecha que lo necesita, sabe lo que quiere y se puede hacer para la fecha requerida pero nosotros no conocemos la tecnología para llevarlo a cabo.

En cualquiera de estos tres supuestos siempre terminamos recurriendo a las dos “eñes”, ya que nuestra humilde opinión no cuenta para mucho, el proyecto está vendido ya, incluso se ha empezado a facturar aunque no hayamos empezado, es un cliente estratégico, es un tema político, la lista de explicaciones para tener que realizarlo es tan larga que cualquiera diría que nuestros gerentes son políticos (ya sé que muchos de ustedes pensarán que si lo son).

El primer supuesto es el más fácil para nosotros (solemos aplicar solo la primera “eñe”), inundamos de tecnicismos al usuario y terminamos haciendo un proyecto que aunque no se parece en nada a lo que él quería, tampoco se parece en nada a lo que él necesitaba.

Sólo se suele complicar cuando la persona que nos sirve de interlocutor con el usuario es de esas que identificamos en el mundillo de la informática como un “inventor de ruedas” (persona que decide hacer lo mismo de distinta forma cada vez y siempre inventando nuevos métodos para casos en los que el método existe y funciona).

Si tenemos una persona así en el equipo, lo mejor es no darle trabajo aunque no te lo puedas quitar de encima, pero como se suele detectar demasiado tarde, no tendremos más alternativa que aplicar la primera “eñe” para realizar el trabajo.

El segundo supuesto es el más complicado para nosotros, no podemos decirle al cliente que lo que pide es imposible ya que nuestro gerente le ha garantizado que somos capaces de hacerlo por lo que el proyecto es más que seguro que se entregará tarde e incompleto y además con un gran sobreesfuerzo por parte de los integrantes del equipo. Este supuesto es el que peor sienta entre los técnicos, además de tener que hacer mucho más esfuerzo, el gerente está cabreado porque no se ha entregado en fechas, el usuario también lo está porque no se ha entregado todo y el equipo está que arde por tener que hacer horas y horas sin recompensa (no voy a hablar de horas extra aquí, me parecería de mal gusto).

El tercer supuesto es el más simpático, se va a emprender un proyecto que no sabemos hacer. Si nos quedásemos con esta reflexión, nadie en su sano juicio vería la gracia, pero estoy seguro que muchos de ustedes si se dedican a la informática si. Intento explicarlo.

El proyecto como de todos es sabido se va a entregar mal y tarde (ver segundo supuesto), ya que aunque las premisas son distintas, las consecuencias son las mismas, pero los participantes en el proyecto van a recibir formación, seguramente en una tecnología nueva que les va a permitir acceder a más y mejores ofertas de trabajo y además siempre tendrán la excusa ante el gerente: “ya te dijimos que no conocíamos la tecnología…”

En cualquier caso podríamos decir que todo esto es un poco como el timo de la estampita, nunca estaremos de acuerdo quien tiene más culpa, nosotros que hacemos o aceptamos trabajos que no podemos hacer o el usuario que aún sabiendo que no podemos sigue contratándonos.

Misterios de la realidad que son los que hacen que supere de largo a la ficción.

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